Desde hace algunos meses estoy intentando vender mi coche
por razones que, afortunadamente, no son lamentables ni dignas de drama alguno,
sino meramente prácticas.
Como la desconfianza es lo primero que debe uno combatir al colocarse
como vendedor de algún producto de valor considerable en el truculento mercado
mexicano, decidí arreglar de cabo a rabo los papeles del coche. Es decir,
ponerlo a mi nombre y pagarle todas sus tenencias, verificaciones, etc.
La costumbre en estos casos es llamar al conocido de un amigo o familiar que,
nunca sabemos exactamente cómo ni por qué, tiene algún contacto en alguna
oficina de gobierno de tal manera que el trámite no requiere que uno pierda
todo el día haciendo filas y sacando copias, sino que basta con pagar unos
doscientos pesos adicionales para que el contacto se encargue de todos los
pormenores. Por alguna razón que probablemente sea revelada eventualmente por
Snowden antes que por algún vocero de Mancera, el gobierno parece alentar estas
prácticas buscando a las personas más antipáticas del país y poniéndolas tras
las ventanillas de SETRAVI.
Uno entrega los preciados papeles del auto y espera,
primero, que el conocido sea de fiar y no vaya a endosar la factura a su nombre
o algo por el estilo. Segundo, que el trámite efectivamente pierda todo lo
engorroso y terrible. Por eso incluso llega el conocido a casa de uno o lo
busca a uno en la oficina para evitar cualquier molestia, para hacer que los
doscientos pesos valgan la pena. Pero muchas veces, como fue mi caso, confianza
es lo único que no le tenemos al conocido cuando el asunto termina y todo se
vuelve doblemente engorroso y terrible porque, además, se pone en entredicho el
buen juicio del amigo o familiar.
Hice todo lo necesario para llevar a cabo los trámites,
observando cuidadosamente todas las normas y costumbres antes mencionadas, las
cuales me parecían muy sensatas. Mi metida de pata consistió en requerir mi IFE
para otro trámite (este era insalvable y tenía que presentarme personalmente
con una identificación oficial) y ni siquiera estoy seguro de por qué fue mi
metida de pata y no de alguien más (de Peña Nieto, por ejemplo), pero sí sé que
provocó un desastre.
Tuve que llamar al susodicho para pedirle mi credencial
urgentemente; ya le había dado las cinco últimas tenencias, dinero para pagar otras
dos tenencias pendientes y la factura original del coche, pero como le iba a
hacer falta mi identificación tuvimos que dejar en suspenso todo el trámite de
cambio de propietario.
Unas semanas después recibí una oferta razonable por el
coche y se cerró el trato un sábado para consumar la transacción el miércoles
de la siguiente semana. Inmediatamente marqué al conocido pidiéndole los
papeles que aún tenía en su poder y me dijo que en cuestión de unas horas los
tendría de vuelta. Terminó el día, que era sábado, y nada. Al día siguiente,
que era domingo, nadie trabaja, así que no contestó mis llamadas.
El lunes contacté con él nuevamente y me dijo que no los
encontraba, que si no los tendría yo de pura casualidad. De pura casualidad no
los tenía y ambos lo sabíamos. Después de 6 meses de tenerlo anunciado, por fin
había logrado vender mi preciado coche a un precio razonable y justo a tiempo
se perdieron los papeles, iba a perder la venta, todo gracias a un mentecato que
no pudo conservar los papeles más valiosos para el propietario de un automóvil.
¡Además se supone que de eso vive!
Al final, ya que nos habíamos visto las caras dos días antes
de la transacción para que yo pudiera insultarlo a gusto, me llamó para decirme
que siempre sí los tenía, en un portafolios viejo que ya tenía jubilado y que
no se le había ocurrido revisar, sabrá Dios por qué estaban ahí y por qué se le
ocurrió revisar ahí hasta el final.
Algunos dirán que yo tuve la culpa por confiarle mis papeles
al conocido de un familiar o amigo, pero yo creo que no hay por qué andar
buscando culpables cuando claramente la culpa la tuvo él.
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