sábado, 21 de septiembre de 2013

Microbuses

Hace tiempo que quiero decir algo sobre los microbuses y es que con ellos se convive a diario, lo cual implica poner la propia vida en riesgo constantemente.

No voy a decir que, por alguna razón sobre la cual especularé más adelante, quienes ejercen esta profesión lo hacen de una manera tan deficiente que uno no puede evitar pensar que igual podrían manejar un camión como tener un puesto importantísimo en la política. Casi todos sabemos esto, ya sea que nos coloquemos dentro de un microbús o en sus alrededores como automovilistas, ciclistas, peatones, camioneros, etc., el citadino promedio tendrá que darse cuenta en algún momento del innegable paralelismo entre políticos y microbuseros: hacen las cosas mal, de manera cínica, como viviendo al día, como si no estuvieran tratando con personas o como si estuvieran filmando una película hollywoodense; como si no hubiera nadie más que otros de su especie a su alrededor, los cuales son o sus más íntimos enemigos o sus cuates del alma. Violan la ley, abusan de las vidas que tienen a su cargo y un largo etcétera de cosas que ustedes ya saben. Y nadie-- hace nada.

Lo que sí voy a decir es que no sólo hay un paralelismo entre estos dos nobles gremios de la sociedad mexicana, sino también entre las sumisas actitudes que la población toma hacia los respectivos abusos.

Hay en particular dos comportamientos de los usuarios de microbuses que quisiera señalar y criticar: dar las gracias al bajarse y dar el saltito correlón para subir o bajar cuando haces la parada y el vehículo no se detiene del todo.

Las gracias se dan por un favor y no por un servicio pagado. Es una costumbre de la sociedad mexicana decir gracias constantemente, lo cual no me parece una barbaridad, aún si se dan por un servicio, porque es una mera costumbre que promueve la empatía humana. Pero dar las gracias por un servicio mal otorgado ya es una exageración. En verdad, ¿qué carajos agradecemos? Obviamente no es de extrañarse escuchar un agradecimiento cuando el chofer ha sido decentísimo en su manejo, ya que en verdad se agradece; pero en la mayoría de los casos es una auto-humillación y punto.

Quizás sería mejor darles los buenos días al subir al camión para recordarles que tratan con personas, pero si manejaron como políticos mexicanos pues yo creo que cuando menos ya no se ganaron ni los aplausos ni las gracias, y hasta deberíamos pedirles de vuelta el pasaje. Pero con calma, pues.

En cuanto al saltito, quienes se divierten tomándolo como un sano deporte quedan excluidos de toda crítica en esta ocasión. Pero los demás no tenemos perdón porque bien sabemos que los choferes no tienen más remedio que pararse mientras uno no esté dispuesto a dar el saltito. De todos modos cedemos a ese impulso hacia la amabilidad exagerada, pensamos algo así como: “ay no, si no me bajo se tiene que detener y luego arrancar y eso le quita mucho tiempo”. Me pregunto qué hacen los microbuseros con todo el tiempo que ahorran lastimando rodillas y tobillos ajenos.

Pero insisto, la crítica va hacia nosotros, los usuarios y gobernados. Está bien, uno solo no puede cambiar la actitud de estas personas. Tampoco sería una solución recurrir a la violencia acompañada, pero por lo menos podríamos dejar de darles las gracias por un mal servicio y de facilitarles sus numerosas actitudes abusivas.

En cuanto a las especulaciones, tan sólo señalaré la que a mi parecer es la más obvia: los choferes de microbuses, como los políticos y las señoras de la taquilla del metro, sufren de una incapacidad para controlar el poder.

Me explico. Es un hecho que tales choferes manejan vehículos muy grandes y, además, jodidos, por lo cual no les interesa si se raya su unidad, quienes deben estar preocupados son los demás, así que si su gran tamaño no es suficiente intimidación, seguramente su indiferencia hacia los daños lo será. Ahí hay un poder del cual abusan. Con respecto a los usuarios, conocen su propia fama de peleoneros y golpeadores, abusan de su camaradería estúpida con otros choferes y saben, además, que en general los pasajeros somos sacones: conocimiento es poder.

Los paralelismos restantes con políticos y señoras de la taquilla del metro se los dejo al amable lector.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cineteca

Lo mejor del cine es lo fácil y entretenido que resulta poner atención en una sola cosa que no sea dormir durante dos horas, más o menos. Es bien sabido que hay notables diferencias entre ver una película en casa y verla en una sala de cine, además del tamaño de la pantalla: en casa suena el teléfono, tocan el timbre, llega alguien y pregunta qué película es, el perro quiere entrar a la sala, alguien se levanta al baño y dice “No le pongan pausa, regreso rápido” y cuando regresa después de media hora pregunta qué pasó y hay que ponerle pausa para contarle o regresar la película para que vea lo que se perdió.

La sala de cine brinda esta oportunidad de concentración porque nunca le ponen pausa a la película aunque uno se levante al baño, no hay teléfonos, ni personas inoportunas ni timbres ni puertas que se abran.

Todo eso, claro está, en un mundo ideal. Que tampoco está en México.

Aquí, como en las salas de cine del siglo XXI de la mayor parte del mundo, aunque no le pongan pausa a la película, siempre habrá algún amable espectador (normalmente sentado cerca de uno) que explique a su acompañante lo que sucedió en su ausencia sanitaria y lo hará en voz alta porque quién me lo va a impedir. “No hay teléfonos” es casi un absurdo; tristemente no he asistido a una función en los últimos tres o cuatro años en la que no suene un celular en algún momento de la película.

Esas interrupciones molestan tanto que provocan ir al baño y entonces incurre uno en el otro pecado capital de las salas de cine. Es un círculo vicioso.

 ¿Puertas? Siempre hay quien llega tarde y TIENE QUE pasar porque ya compró su boleto; en el siglo XXI, el haber gastado $50 nos da ciertos poderes.

Quizás el premio se lo llevan los que se la pasan preguntando datos sobre lo que ocurre en la película a su acompañante como si estuviera viendo y escuchando algo más que el resto de los espectadores, o como si hubiera escrito el guión. “¿Y ese quién es?” “¿ya la conocía?” “¡¿pero por qué lo mató?!” Para todas esas preguntas hay dos posibilidades: o ya la respondió la película o no la ha respondido. En ningún caso sabrá algo el acompañante que nosotros no sepamos. Al menos, claro, que nos hayamos levantado al baño.


Esto me hace pensar que quizá eso de “Lo mejor del cine puede ser lo fácil y entretenido que resulta poner atención en una sola cosa durante dos horas más o menos” sea una tontería, a lo mejor no podemos hacer nada con facilidad durante dos horas seguidas además de dormir. Como sea, “ver una película” queda tachado de la lista.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Trámites

Desde hace algunos meses estoy intentando vender mi coche por razones que, afortunadamente, no son lamentables ni dignas de drama alguno, sino meramente prácticas.

Como la desconfianza es lo primero que debe uno combatir al colocarse como vendedor de algún producto de valor considerable en el truculento mercado mexicano, decidí arreglar de cabo a rabo los papeles del coche. Es decir, ponerlo a mi nombre y pagarle todas sus tenencias, verificaciones, etc.

La costumbre en estos casos es llamar al conocido de un amigo o familiar que, nunca sabemos exactamente cómo ni por qué, tiene algún contacto en alguna oficina de gobierno de tal manera que el trámite no requiere que uno pierda todo el día haciendo filas y sacando copias, sino que basta con pagar unos doscientos pesos adicionales para que el contacto se encargue de todos los pormenores. Por alguna razón que probablemente sea revelada eventualmente por Snowden antes que por algún vocero de Mancera, el gobierno parece alentar estas prácticas buscando a las personas más antipáticas del país y poniéndolas tras las ventanillas de SETRAVI.

Uno entrega los preciados papeles del auto y espera, primero, que el conocido sea de fiar y no vaya a endosar la factura a su nombre o algo por el estilo. Segundo, que el trámite efectivamente pierda todo lo engorroso y terrible. Por eso incluso llega el conocido a casa de uno o lo busca a uno en la oficina para evitar cualquier molestia, para hacer que los doscientos pesos valgan la pena. Pero muchas veces, como fue mi caso, confianza es lo único que no le tenemos al conocido cuando el asunto termina y todo se vuelve doblemente engorroso y terrible porque, además, se pone en entredicho el buen juicio del amigo o familiar.

Hice todo lo necesario para llevar a cabo los trámites, observando cuidadosamente todas las normas y costumbres antes mencionadas, las cuales me parecían muy sensatas. Mi metida de pata consistió en requerir mi IFE para otro trámite (este era insalvable y tenía que presentarme personalmente con una identificación oficial) y ni siquiera estoy seguro de por qué fue mi metida de pata y no de alguien más (de Peña Nieto, por ejemplo), pero sí sé que provocó un desastre.

Tuve que llamar al susodicho para pedirle mi credencial urgentemente; ya le había dado las cinco últimas tenencias, dinero para pagar otras dos tenencias pendientes y la factura original del coche, pero como le iba a hacer falta mi identificación tuvimos que dejar en suspenso todo el trámite de cambio de propietario.

Unas semanas después recibí una oferta razonable por el coche y se cerró el trato un sábado para consumar la transacción el miércoles de la siguiente semana. Inmediatamente marqué al conocido pidiéndole los papeles que aún tenía en su poder y me dijo que en cuestión de unas horas los tendría de vuelta. Terminó el día, que era sábado, y nada. Al día siguiente, que era domingo, nadie trabaja, así que no contestó mis llamadas.

El lunes contacté con él nuevamente y me dijo que no los encontraba, que si no los tendría yo de pura casualidad. De pura casualidad no los tenía y ambos lo sabíamos. Después de 6 meses de tenerlo anunciado, por fin había logrado vender mi preciado coche a un precio razonable y justo a tiempo se perdieron los papeles, iba a perder la venta, todo gracias a un mentecato que no pudo conservar los papeles más valiosos para el propietario de un automóvil. ¡Además se supone que de eso vive!

Al final, ya que nos habíamos visto las caras dos días antes de la transacción para que yo pudiera insultarlo a gusto, me llamó para decirme que siempre sí los tenía, en un portafolios viejo que ya tenía jubilado y que no se le había ocurrido revisar, sabrá Dios por qué estaban ahí y por qué se le ocurrió revisar ahí hasta el final.

Algunos dirán que yo tuve la culpa por confiarle mis papeles al conocido de un familiar o amigo, pero yo creo que no hay por qué andar buscando culpables cuando claramente la culpa la tuvo él.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Imperialismo

Caminando por la calle me encuentro con un hombre sucio, acostado debajo de una silla de ruedas. Parecía funcional y en estado relativamente bueno; me pregunté por qué demonios no se subía a la silla. Luego pensé que estaba siendo muy insensible y maleducado, a lo mejor el pobre hombre sufría un impedimento físico que no le permitía subirse a la silla que le servía de casa de campaña, quizás sería la misma condición que le evitaba subirse los pantalones por completo. Quizás debía más bien ayudarlo en lugar de estar criticando su posición con respecto a la endemoniada silla. Abajo en lugar de arriba, ¿quién soy yo para decir cuál es el mejor lugar para aprovechar una silla de ruedas? Nunca me he subido a una, lo confieso, y mucho menos he utilizado alguna como techo o casita.

No le ayudé, en principio, porque roncaba como tráiler frenando con motor en Tres Marías; tenía que estar muy dormido para no despertarse con semejantes alaridos. Hasta parecía estar cómodo. Si lo despertaba me iba a golpear y ¿quién podría culparlo? Yo golpearía a quien me despertase de un cómodo sueño fingiendo que realiza una obra de caridad cuando sólo hace lo que concluye de una hipócrita, extraña y desatinada reflexión filosófica sobre la moral. Lentamente, como de costumbre, me di cuenta de que el hombre lo que quería era dormir y, la verdad, sí es más cómodo dormir acostado que sentado en una silla, aún si es en el suelo y aún si la silla tiene ruedas.

Seguí caminando y volví a encontrarme con un trinomio hombre-silla de ruedas-posición extraña. Este otro señor, nada harapiento y sólo un poco grasoso de la cara… aunque sucio, lo que se dice sucio, pues no, porque esa grasa es natural a esas horas de la tarde, como las cuatro o cinco, ese bonito momento del día en que aún no salen los oficinistas y las mamás ya recogieron a sus hijos de la escuela y ya no están exhibiendo sus destrezas automovilísticas estacionando en cuarta fila sus camionetotas en una calle de dos carriles--  el señor, decía, caminaba detrás de una silla de ruedas vacía y la empujaba en lugar de moverse sentado en ella o llevar montado a alguien, en lugar de andar como la gente normal que anda con una silla de ruedas.

Me miró de lejos como si nada, como si no fuera él un condenado excéntrico. Yo no sé qué caras hice que peló los ojos, achicó la boca y mejor miró hacia el frente y tantito abajo. Cuando ya lo tenía a un lado me fijé en la silla y vi que no estaba vacía: llevaba una botella de coca de 600 ml justo en medio, acurrucada en el cómodo asiento de piel. Seguro que ya estaba muy agitada para entonces, la pobrecita.

A lo mejor es parte del imperialismo yanqui del que tanto se habla.