sábado, 14 de septiembre de 2013

Imperialismo

Caminando por la calle me encuentro con un hombre sucio, acostado debajo de una silla de ruedas. Parecía funcional y en estado relativamente bueno; me pregunté por qué demonios no se subía a la silla. Luego pensé que estaba siendo muy insensible y maleducado, a lo mejor el pobre hombre sufría un impedimento físico que no le permitía subirse a la silla que le servía de casa de campaña, quizás sería la misma condición que le evitaba subirse los pantalones por completo. Quizás debía más bien ayudarlo en lugar de estar criticando su posición con respecto a la endemoniada silla. Abajo en lugar de arriba, ¿quién soy yo para decir cuál es el mejor lugar para aprovechar una silla de ruedas? Nunca me he subido a una, lo confieso, y mucho menos he utilizado alguna como techo o casita.

No le ayudé, en principio, porque roncaba como tráiler frenando con motor en Tres Marías; tenía que estar muy dormido para no despertarse con semejantes alaridos. Hasta parecía estar cómodo. Si lo despertaba me iba a golpear y ¿quién podría culparlo? Yo golpearía a quien me despertase de un cómodo sueño fingiendo que realiza una obra de caridad cuando sólo hace lo que concluye de una hipócrita, extraña y desatinada reflexión filosófica sobre la moral. Lentamente, como de costumbre, me di cuenta de que el hombre lo que quería era dormir y, la verdad, sí es más cómodo dormir acostado que sentado en una silla, aún si es en el suelo y aún si la silla tiene ruedas.

Seguí caminando y volví a encontrarme con un trinomio hombre-silla de ruedas-posición extraña. Este otro señor, nada harapiento y sólo un poco grasoso de la cara… aunque sucio, lo que se dice sucio, pues no, porque esa grasa es natural a esas horas de la tarde, como las cuatro o cinco, ese bonito momento del día en que aún no salen los oficinistas y las mamás ya recogieron a sus hijos de la escuela y ya no están exhibiendo sus destrezas automovilísticas estacionando en cuarta fila sus camionetotas en una calle de dos carriles--  el señor, decía, caminaba detrás de una silla de ruedas vacía y la empujaba en lugar de moverse sentado en ella o llevar montado a alguien, en lugar de andar como la gente normal que anda con una silla de ruedas.

Me miró de lejos como si nada, como si no fuera él un condenado excéntrico. Yo no sé qué caras hice que peló los ojos, achicó la boca y mejor miró hacia el frente y tantito abajo. Cuando ya lo tenía a un lado me fijé en la silla y vi que no estaba vacía: llevaba una botella de coca de 600 ml justo en medio, acurrucada en el cómodo asiento de piel. Seguro que ya estaba muy agitada para entonces, la pobrecita.

A lo mejor es parte del imperialismo yanqui del que tanto se habla.

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