Caminando por la calle me encuentro con un hombre sucio,
acostado debajo de una silla de ruedas. Parecía funcional y en estado
relativamente bueno; me pregunté por qué demonios no se subía a la silla. Luego
pensé que estaba siendo muy insensible y maleducado, a lo mejor el pobre hombre
sufría un impedimento físico que no le permitía subirse a la silla que le servía
de casa de campaña, quizás sería la misma condición que le evitaba subirse los
pantalones por completo. Quizás debía más bien ayudarlo en lugar de estar
criticando su posición con respecto a la endemoniada silla. Abajo en lugar de
arriba, ¿quién soy yo para decir cuál es el mejor lugar para aprovechar una
silla de ruedas? Nunca me he subido a una, lo confieso, y mucho menos he utilizado
alguna como techo o casita.
No le ayudé, en principio, porque roncaba como tráiler frenando con motor en
Tres Marías; tenía que estar muy dormido para no despertarse con semejantes alaridos.
Hasta parecía estar cómodo. Si lo despertaba me iba a golpear y ¿quién podría
culparlo? Yo golpearía a quien me despertase de un cómodo sueño fingiendo que realiza
una obra de caridad cuando sólo hace lo que concluye de una hipócrita, extraña
y desatinada reflexión filosófica sobre la moral. Lentamente, como de
costumbre, me di cuenta de que el hombre lo que quería era dormir y, la verdad,
sí es más cómodo dormir acostado que sentado en una silla, aún si es en el
suelo y aún si la silla tiene ruedas.
Seguí caminando y volví a encontrarme con un trinomio
hombre-silla de ruedas-posición extraña. Este otro señor, nada harapiento y
sólo un poco grasoso de la cara… aunque sucio, lo que se dice sucio, pues no,
porque esa grasa es natural a esas horas de la tarde, como las cuatro o cinco, ese
bonito momento del día en que aún no salen los oficinistas y las mamás ya recogieron
a sus hijos de la escuela y ya no están exhibiendo sus destrezas
automovilísticas estacionando en cuarta fila sus camionetotas en una calle de
dos carriles-- el señor, decía, caminaba
detrás de una silla de ruedas vacía y la empujaba en lugar de moverse sentado
en ella o llevar montado a alguien, en lugar de andar como la gente normal que
anda con una silla de ruedas.
Me miró de lejos como si nada, como si no fuera él un condenado
excéntrico. Yo no sé qué caras hice que peló los ojos, achicó la boca y mejor
miró hacia el frente y tantito abajo. Cuando ya lo tenía a un lado me fijé en
la silla y vi que no estaba vacía: llevaba una botella de coca de 600 ml justo
en medio, acurrucada en el cómodo asiento de piel. Seguro que ya estaba muy
agitada para entonces, la pobrecita.
A lo mejor es parte del imperialismo yanqui del que tanto se
habla.
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