La gente da consejos. Yo he dado consejos y ahora me da pena
haberlo hecho, deberían castigarme junto con el resto de los soberbios que tenemos el descaro de pretender guiar a los perdidos estando nosotros
igual de perdidos. Es una situación francamente ridícula. El castigo
consistiría en estar encadenado a una silla sin la posibilidad de taparse los
oídos mientras una señora de edad avanzada –preferentemente horrible- nos da
consejos de todo tipo: laborales, familiares, emocionales, intelectuales, de
salud, etc.
¿En qué momento nos volvimos todos tan sabios? ¿En qué
momento nos volvimos tan cabrones como para ser capaces de juzgar toda una vida
que no es la nuestra, sopesar las posibilidades y concluir cuál de las miles de
millones de opciones que se le presentan a un individuo en cada momento es la
mejor? Está para hacerse en los pantalones, me cae.
“¿POR QUÉ NO TE DIGO COMO LLEVAR TU VIDA CON BASE EN LA MÍA AUNQUE SEA
TOTALMENTE DIFERENTE A LA TUYA?”
Dar consejos es algo así como pararte en un pedestal, hacer
una pose intelectual y medio griega, levantar una ceja y decir “hey, tú, perdedor: Tengo un
trabajo que me ocupa diez horas diarias, seis días a la semana. Siempre hago lo
mismo, me pagan mal y soy constantemente humillado por mi jefe. Si me paro al
baño me descuentan la hora. Tengo una novia que me manda 50 mensajes diarios, yo le mando 100 y siempre está celosa. Leo más de cinco libros al mes (no te interesa saber de qué, sólo te interesa saber que son LIBROS), lo cual me convierte en una persona valiosa y muy inteligente. ¿Acaso no quieres ser como yo? ¿quieres saber cómo
alcancé este grado de perfección en mi vida? Escucha lo que tengo que decir."
Quizás el curso de acción a tomar sea el siguiente: cuando me empiecen a dar consejos voy a mirarlos fijamente a los ojos mientras asiento con la cabeza y abro un poco la boca como idiota y les voy a empezar a hacer preguntas muy estúpidas para que se asusten y no me vuelvan a dirigir la palabra.