Todavía no siento la posición adecuada de mis manos sobre el
teclado.
Pienso que todos los que hacen esos dibujos para ilustrar la
postura adecuada para trabajar en un escritorio no se basan en seres humanos, sino
en seres humanoides con brazos demasiado cortos y cabellos demasiado bien
peinados.
Pero parece que ya me voy acercando a la posición ideal. La
clave está en fijarse si el modelo de la imagen es humano o humanoide bien
peinado.
Casi siempre empiezo muy cómodo, pero después siento que
hace falta un ajuste de 5 mm y entonces vale madres. Reajusto y descompongo
todo.
Si uno se esfuerza, puede imaginarse a sí mismo haciéndola
de pianista quisquilloso antes de un concierto:
“Lo siento, simplemente no me acomodo, este piano y éste asiento
no son como los que acostumbramos a tocar en Viena.”
Y entonces tendría uno que llevar siempre su propio banquito a
todas partes, como hacía Glenn Gould. Y ya veo porqué. Si a uno que no tiene
nada de genial y que está intentando ajustar un endemoniado teclado le cuesta
trabajo, imagínense nomás la precisión requerida para la postura de un pianista,
donde sí cuenta, y mucho, cada golpeteo de las teclas. Aquí se puede borrar,
pero hasta para borrar querría uno estar cómodo.
Probemos ahora una silla vieja.
Ésta es una silla cabrona.
No me deja tener la postura que se me pegue la gana. La comodidad mejora
notablemente (creo). Quizás todo sea cuestión de ajustar la espalda baja. Sí.
Eso es. La espalda baja es clave. La espalda baja y la espalda alta también. Y
la media.
Junto con la postura de las piernas, es todo lo que uno
necesita. Ahora sólo tengo dudas sobre si debo apoyar las muñecas o no, y cómo.
Tengo demasiados vicios de postura como para sentirme tranquilo
con lo que estoy haciendo, con la manera en que estoy procediendo. Pero debemos
seguir adelante, vencer los miedos, encerrar los demonios, liberarnos de malos
espíritus. El espíritu del mal nos aqueja y nos invita a morir, pero sin
preocupaciones, no trágicamente porque esas son payasadas para llamar la
atención, los verdaderos suicidas no hacen fiesta. Me parece curioso que uno
pueda ver el mal hasta en la manera de sentarse en una silla, los seres humanos
somos verdaderos artistas del autoengaño.
“Es cosa de flojera”,
me explico a mí mismo cuando veo que acabo de retomar una de mis viejas y malas
posturas. Pero es que es tan cómodo desparramarse en el asiento... además tengo
las manos muy grandes, como esos monos que hasta arrastran los puños cerrados y
los levantan como poniéndose a sí mismos entre comillas haciendo “¡uh, uh, uh!”.
A lo mejor soy un humanoide. Pero eso dificultaría mi queja anterior sobre los
dibujantes de posturas en escritorios, lo cual sería terrible para mis nervios.
Ya me voy, no puedo seguir perdiendo el tiempo con ustedes,
lo he disfrutado mucho y por lo tanto no está tan perdido, pero sí es tiempo y
sí es perdido, ¿por qué lo vamos a negar?
El siguiente asunto a considerar será la posición de la
pantalla. O mis manos y la duda sobre recargarlas o no. Como sea, estoy mucho
mejor que con el puro teclado de la computadora y eso es de agradecerse. Por
aquello de que mi computadora es una laptop, (y me siento muy fresa al
respecto) ese viejo teclado tendrá que seguir posado frente a mí por los siglos
de los siglos.
Tengo la impresión de que sí escribo más, pero no sé si sea
la suavidad de las nuevas teclas o la posición del teclado. Definitivamente no
es por mi imaginación ni por mi intelecto, esos siguen igual de jodidos. Putas
piernas son las más rebeldes y sigilosas. Pero ya verán, las putitas.
Joder: Las nuevas ideas parecen lo mejor del universo hasta
que te das cuenta de que son babosadas. ¿Cómo le hacen para disfrazarse tan
bien y pasar desapercibidas aunque sea unos momentos? No tengo idea, a lo
mejor uno las disfraza. Ay, qué profundo.
Recargar las manos, huir a clase
de alemán.
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Llegué tarde, pero como suele suceder con los alemanes, no
hubo problema: un saludo, sentarse donde te lo indican, ponerse a trabajar. Eso
es todo.
Quizás lo terrible fue la frustración del camino. Y es que
uno se pregunta si la lentitud del metro durante las lluvias es algo más que
precaución. Yo siempre he tenido la ligera sospecha de que se trata de algo
más, pero no he sabido especular algo razonable.
Se me ocurre, por ejemplo, que todos los choferes del metro
son románticos sin remedio que no pueden evitar admirar la manera en que las
gotas de la lluvia se juntan, se separan y se caen del parabrisas de la cabina.
Piensan en sus amores juveniles y luego se maravillan (y es entonces cuando dan
un frenón y todos en los vagones abrazamos a nuestro compañero de junto que
lamentablemente no siempre es la persona más atractiva que pudiera uno
imaginar) pensando que en los vagones que arrastran hay un montón de esas
parejas juveniles tan románticas y que se ven tan bien en la lluvia. Y se
detienen sólo para pensar en eso con toda calma: el codo en los controles, la
barbilla sobre la mano, la mirada risueña y un suspiro. Malditos cursis
irresponsables.
Mientras tanto uno ve cómo se empañan los vidrios con lo que
probablemente sea una asquerosa mezcla de vapor de humano y piensa “¿por qué
demonios no me fui en camión?”. Del camión se puede bajar uno en casi cualquier
momento y como sea no se detiene tanto como el metro durante la lluvia. Lo
cual, a su vez, puede dar miedo, porque los infelices aceleran sus unidades
como si de la frenada se ocupara Dios.
Cuando uno está retrasado y el metro va lento por la lluvia
es difícil decidir a quién culpar. Ya sabemos que el metro tiene que ir más lento
en caso de lluvia o apocalipsis, (para el caso de esta ciudad, los escenarios
serían indiscernibles) y que debimos salir antes hacia nuestros destinos para
evitar retrasos, pero es tan fácil culpar a un chofer cuando se le imagina como
un tonto romántico sin remedio, que ya no quedan ganas de auto-flagelarse con
observaciones del tipo “no debí hacer tal antes de irme” o “debí salirme de la
casa en cuanto vi que daban las seis”. Por otro lado, uno bien sabe que es el
único culpable.