Hace tiempo
que quiero decir algo sobre los microbuses y es que con ellos se convive a
diario, lo cual implica poner la propia vida en riesgo constantemente.
No voy a decir
que, por alguna razón sobre la cual especularé más adelante, quienes ejercen
esta profesión lo hacen de una manera tan deficiente que uno no puede evitar
pensar que igual podrían manejar un camión como tener un puesto importantísimo
en la política. Casi todos sabemos esto, ya sea que nos coloquemos dentro de un
microbús o en sus alrededores como automovilistas, ciclistas, peatones,
camioneros, etc., el citadino promedio tendrá que darse cuenta en algún momento
del innegable paralelismo entre políticos y microbuseros: hacen las cosas mal,
de manera cínica, como viviendo al día, como si no estuvieran tratando con
personas o como si estuvieran filmando una película hollywoodense; como si no
hubiera nadie más que otros de su especie a su alrededor, los cuales son o sus
más íntimos enemigos o sus cuates del alma. Violan la ley, abusan de las vidas
que tienen a su cargo y un largo etcétera de cosas que ustedes ya saben. Y
nadie-- hace nada.
Lo que sí voy
a decir es que no sólo hay un paralelismo entre estos dos nobles gremios de la
sociedad mexicana, sino también entre las sumisas actitudes que la población
toma hacia los respectivos abusos.
Hay en
particular dos comportamientos de los usuarios de microbuses que quisiera
señalar y criticar: dar las gracias al bajarse y dar el saltito correlón para
subir o bajar cuando haces la parada y el vehículo no se detiene del todo.
Las gracias se
dan por un favor y no por un servicio pagado. Es una costumbre de la sociedad
mexicana decir gracias constantemente, lo cual no me parece una barbaridad, aún
si se dan por un servicio, porque es una mera costumbre que promueve la empatía
humana. Pero dar las gracias por un servicio mal otorgado ya es una
exageración. En verdad, ¿qué carajos agradecemos? Obviamente no es de extrañarse
escuchar un agradecimiento cuando el chofer ha sido decentísimo en su manejo, ya
que en verdad se agradece; pero en la mayoría de los casos es una
auto-humillación y punto.
Quizás sería
mejor darles los buenos días al subir al camión para recordarles que tratan con
personas, pero si manejaron como políticos mexicanos pues yo creo que cuando
menos ya no se ganaron ni los aplausos ni las gracias, y hasta deberíamos
pedirles de vuelta el pasaje. Pero con calma, pues.
En cuanto al
saltito, quienes se divierten tomándolo como un sano deporte quedan excluidos
de toda crítica en esta ocasión. Pero los demás no tenemos perdón porque bien
sabemos que los choferes no tienen más remedio que pararse mientras uno no esté
dispuesto a dar el saltito. De todos modos cedemos a ese impulso hacia la
amabilidad exagerada, pensamos algo así como: “ay no, si no me bajo se tiene
que detener y luego arrancar y eso le quita mucho tiempo”. Me pregunto qué
hacen los microbuseros con todo el tiempo que ahorran lastimando rodillas y
tobillos ajenos.
Pero insisto,
la crítica va hacia nosotros, los usuarios y gobernados. Está bien, uno solo no
puede cambiar la actitud de estas personas. Tampoco sería una solución recurrir
a la violencia acompañada, pero por lo menos podríamos dejar de darles las
gracias por un mal servicio y de facilitarles sus numerosas actitudes abusivas.
En cuanto a las especulaciones,
tan sólo señalaré la que a mi parecer es la más obvia: los choferes de
microbuses, como los políticos y las señoras de la taquilla del metro, sufren
de una incapacidad para controlar el poder.
Me explico. Es
un hecho que tales choferes manejan vehículos muy grandes y, además, jodidos,
por lo cual no les interesa si se raya su unidad, quienes deben estar
preocupados son los demás, así que si su gran tamaño no es suficiente
intimidación, seguramente su indiferencia hacia los daños lo será. Ahí hay un
poder del cual abusan. Con respecto a los usuarios, conocen su propia fama de
peleoneros y golpeadores, abusan de su camaradería estúpida con otros choferes
y saben, además, que en general los pasajeros somos sacones: conocimiento es
poder.
Los
paralelismos restantes con políticos y señoras de la taquilla del metro se los
dejo al amable lector.
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